El 26 de enero se celebra el Día Mundial de la Educación Ambiental, una fecha para recordar la importancia de concienciar sobre el cambio climático, de educar a los más pequeños y, sobre todo, de seguir aprendiendo los más mayores.
Desde Alquiber, junto con el Departamento de Calidad, queremos aprovechar este día para reflexionar sobre un tema que debería estar presente mucho más allá de una fecha concreta. La educación ambiental no debería recordarse solo un día al año, sino todos los días. Porque el futuro y el planeta están en nuestras manos y, con pequeños gestos como conducir de forma eficiente, todos aportamos nuestro granito de arena.
En este artículo queremos hablar de lo que nadie suele contar sobre la sostenibilidad en el trabajo. Cuando pensamos en sostenibilidad en la oficina, casi siempre se nos vienen a la cabeza los contenedores de colores, los carteles verdes, el papel reciclado de la impresora o el simple gesto de apagar las regletas al final del día. Todo eso ayuda, pero no va solo de eso.
Nadie nos contó que la sostenibilidad en el trabajo también ocurre entre bambalinas, en el día a día, sin grandes gestos visibles. Va de planificar antes de hacer, de organizar bien, de evitar duplicidades y de usar lo justo cuando toca. Cuanta menos improvisación tengamos, menos desperdicio generamos.
Aquí entra en juego un concepto del que se habla poco: el impacto invisible. El impacto invisible es todo aquello que no se ve, pero cuenta. Son las consecuencias, positivas o negativas, de decisiones cotidianas que no llevan etiqueta “eco”, no se celebran y no suelen destacarse, pero que reducen o aumentan el consumo de recursos. En realidad, el impacto invisible es el que se genera cuando trabajamos mejor, no cuando hablamos más de sostenibilidad.
Cuando rehacemos menos, perdemos menos recursos. Cuando la coordinación entre equipos es mejor, el impacto también se reduce. Muchas decisiones diarias ya son sostenibles aunque no las llamemos así. Nadie está haciendo activismo, pero sí está generando impacto.
Evitar duplicidades es un buen ejemplo. Todos hemos trabajado alguna vez con archivos guardados como “Presentación Final”, “Presentación Final 2” o “Presentación Buena”. Al final, el documento se pierde, se guarda en varios sitios o se rehace por si acaso. Cuando los procesos están ordenados, trabajamos con una única versión válida y evitamos repetir tareas innecesarias. Ese tiempo y esos recursos que no se desperdician también cuentan, aunque no se vean.
Otro ejemplo es la documentación clara y accesible. Aunque tengamos nuestros archivos ordenados, siempre hay algún documento que nadie encuentra o correos interminables buscando el último adjunto. Contar con carpetas claras, documentos bien nombrados y versiones finales bien identificadas reduce búsquedas innecesarias, correos y repeticiones. Y con ello, el impacto invisible disminuye.
Planificar antes de ejecutar también marca la diferencia. Cuando una tarea no se planifica, suele hacerse deprisa, corregirse después y repetirse. En cambio, cuando se revisa con antelación, se anticipan errores y se evita rehacer. Es sencillo: lo que se repite, se desperdicia.
Por último, tener procesos claros reduce las urgencias. Saber cuándo toca cada cosa evita apagar fuegos innecesarios y hacer envíos de última hora. Cuantas menos prisas llevemos, menor será el consumo extra y menor será el impacto, aunque no siempre se perciba.
Quizá la sostenibilidad en el trabajo no sea algo nuevo. Quizá llevamos tiempo practicándola sin saberlo. Porque no todo lo sostenible deja huella; a veces, lo más sostenible es precisamente evitarla.